09/02/07-17/03/07
inicio   volver    biografia    Obra Disponible   contacto   lista de correo

La casa de la cascada

PINTOR DE BROCHA GORDA.

I love la pintura fue el titulo de la exposición que realicé en sala de eStar en el año 2001. I love la pintura: un amor a la pintura, a su historia, a su tradición, a su cocina, a su magia, al azar de sus manchas cuando es liquida y dura. Una atracción a la pintura como una piscina, donde me baño y arrojo cosas que sé que flotan y otras cuyos pulmones acaban anegados de agua. Yo me tiro a ella de distintas formas y estilos: de cabeza, de carpa, poco a poco, de bomba, con doble tirabuzón o con una vuelta mortal en el aire.

Mi trabajo como pintor es muy parecido al del dj: el que construye a partir de lo ya creado; recorta y pega música de distintos estilos y épocas para fabricar algo nuevo y distinto —sin confundir con versión o interpretación—. Me gusta hacer arte hablando de y con la historia del arte, conocer los escalones del arte para bajar y subir por su escalera, llegar a la azotea y mirar a la piscina, llegar al sótano y mirar a la azotea para volver a mirar a la piscina.

Millones de veces se habla de la muerte de la pintura y no se dan cuenta de que el arma asesina que creen que la mata con alevosía y nocturnidad la hace mas viva. Dicen que la fotografía mató a la pintura. Después vino también el cine, el video, las computadoras, todos ellos miembros de un complot, de un crimen anunciado. Pero precisamente son esas armas las que yo arrojo a las fauces de la pintura. Los nuevos estilos de vida, la música, la moda, los video clip, la televisión, la arquitectura, la era digital, los performer e instalaciones son nuevas especies que dan sabor a la pintura con la que trabajo. Siempre una pintura con contenido, de conceptos, que se mueve con el animo de trasmitir ideas y sensaciones.
La pintura como una piscina sin fondo.

Ramón David Morales.



RETABLOS DE LA CULTURA URBANA.

Hay una cultura urbana y juvenil a la que cada generación añade su experiencia, sus preocupaciones y sus ideas. Su característica más decisiva es su autonomía: esta cultura quiere tener su propia impronta y lucha no tanto por diferenciarse de la cultura oficial –o de la que mantienen las sedicentes personas maduras– cuanto por abrir sus propias vías y crear sus propias imágenes.
El fenómeno no es nuevo. Probablemente nació en los años sesenta: el cine y la literatura levantaron acta de una generación más atenta a su presente que a lo que pudiera ser cuando fuera mayor. A aquella juventud urbana se la presentó a veces como particularmente rebelde y a tal aura solía oponérsele la oleada comercial y publicitaria que, nacida en las mismas fechas, convirtió a los jóvenes en consumidores privilegiados. Pero no voy a hablar ahora ni de presuntos rebeldes sin causa ni del consumismo teen-ager. Sólo quiero hacer notar que la aparición de esta juventud independiente es simultánea al arte pop. Éste fue, sobre todo, una extensa reflexión sobre la imagen de masas y sobre su capacidad para elevar a referencias culturales a los héroes del hit-parade y el star-system, a la vez que convertía en imágenes de consumo a las figuras de la tradición artística.
Este nacimiento simultáneo de la imagen pop y de la autonomía de la cultura juvenil urbana da que pensar. Desde entonces, la imagen de masas y la de la cultura juvenil urbana se enriquecen mutuamente y de esa interacción brota una poética que tiene particular presencia en la pintura. Las obras de Neo Rauch (Leipzig, 1960) o de Matthias Weischer (Elie, 1973) son un buena muestra de ello. Recursos formales como la amalgama de imágenes heterogéneas, que recuerdan al cine o al cómic, y referencias objetuales (máquina tragaperras, maniquíes, etc.) forman parte de esta poética por derecho propio.
En el pop inicial, estas imágenes y objetos eran presentados como fetiches. Los autores más recientes los tratan con una interesante mezcla de fantasía y distanciamiento. Se advierte que forman parte de su propia vida, que en ellos han depositado cierta inversión afectiva y que por eso mismo los convierten en símbolos, pero al mismo tiempo se distancian de ellos con ironía: los relativizan y los acusan de vulgaridad. En esa ambivalencia crece precisamente su poética.
Los trabajos de Ramón David Morales (Sevilla, 1977) entran de lleno en este modo de entender el arte. El monitor de la computadora, el coche o la mochila son, más que objetos, lugares de habitación. El patín, cuya plataforma encierra una autovía, se convierte en sinécdoque de una vida abierta a la comunicación: no es la del vagabundo romántico sino la de quien sabe que es preciso atender a las más diversas llamadas. En realidad cada uno de estos objetos es una fuente de metáforas visuales que Morales desarrolla en sucesivas imágenes. Más que componer una serie, las imágenes forman una constelación que hay que recorrer, como en los antiguos retablos, en múltiples direcciones.
Formalmente las obras de Morales pueden resultar demasiado sencillas y recordar incluso al exvoto popular. Si se observa con atención alguna de sus obras, Memoria Ram-on white cube, por ejemplo, se advertirá que hay en ella trabajo y saber pictóricos. Pero el autor opta, en la mayor parte de las obras, por una forma escueta, sencilla, elemental. Es su forma de entender el distanciamiento: el tono frío con que Morales imposta sus breves poemas que, como los antiguos exvotos, nos hablan de los gozos y las sombras de esa difícil cultura urbana de hoy.

J.B. Díaz Urmeneta.

«La casa de la cascada nevada». (Oleo sobre lienzo,100x100cm. 2007)

«La casa de la cascada». (Oleo sobre lienzo, 114x114cm. 2006)

De la serie «Cascadas dobles». Oleo sobre lienzo, 2006 (24x22cm.)

De la serie «Cascadas dobles». Oleo sobre lienzo, 2006 (22x19cm.)

De la serie «Cascadas dobles». Oleo sobre lienzo, 2006 (24x35cm.)

De la serie «Cascadas dobles». Oleo sobre lienzo, 2006 (16x19cm.)

De la serie «Mi camiseta blanca manchada de pintura negra». Oleo sobre lienzo, 2005 (45x38cm.)

De la serie «Mi camiseta blanca manchada de pintura negra». Oleo sobre lienzo, 2005 (24x16cm.)

De la serie «Mi camiseta blanca manchada de pintura negra». Oleo sobre lienzo, 2005 (22x27cm.)

De la serie «Mi camiseta blanca manchada de pintura negra». Oleo sobre lienzo, 2005 (22x27cm.)

De la serie «Mi camiseta blanca manchada de pintura negra». Oleo sobre lienzo, 2005 (22x27cm.)

De la serie «Mi camiseta blanca manchada de pintura negra». Oleo sobre lienzo, 2005 (22x27cm.)

«Nadie me puede robar el cuadro del grito de Munch porque lo tengo en mi cabeza». 2004

Oleo sobre lienzo (19x24cm.)

Oleo sobre lienzo (24x19cm.)

«Nadie me puede robar el cuadro del grito de Munch porque lo tengo en mi cabeza». 2004